sábado, 13 de agosto de 2016

Cómo busqué y encontré un tesoro. Increíble pero cierto







El fabuloso  hallazgo de un hombre que lo hizo millonario, miles de monedas de oro y plata, que buscó durante años.
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sábado, 30 de julio de 2016

La leyenda del perro milagroso





En diversas ocasiones, hemos escuchado o leído sobre hechos
sobrenaturales, acontecimientos que narran 
el milagro realizado por una divinidad; 
a través de un santo vivo o muerto, una reliquia, una imagen o  una oración o pedimento realizado  con mucha fe.

El mundo está lleno de milagros, la historia  y la literatura lo testifican, la iglesia lo
exalta, santificando a quienes se atribuyen la realización de estos hechos
milagrosos.
Todos hemos escuchado de boca de familiares o amigos: es un
santo milagroso, lo pidió con mucho fervor y le concedieron el milagro, hizo
una manda por un favor divino recibido. Estas expresiones y muchas no parecen
más interesantes, cuando la necesidad y la fe nos  mueve a pedir 
el favor de la intervención divina para curar una mala enfermedad, un
hijo descarriado, un problema de dinero y muchas cosas más que la gente le pide
a los santos y al  mismo Dios para salir
de los apuros que la vida suele poner en el camino de los hombres.
Esta es la extraña historia de milagros, ocurrida en un
pequeño pueblo  habitado por personas
creyentes  y respetuosas de la palabra de
Dios. En esta localidad se dieron hechos milagrosos, comprobados por la misma
iglesia romana y un centenar de personas que dieron fe  y juraron tener conocimiento de los milagros.
Estos hechos, no los realizó una estampa milagrosa o un Santo Cristo, estos
milagros fueron realizados por un perro, un peludo perro, andrajoso y sin dueño
que vagaba  por las calles, lleno de las
heridas y lastimaduras causadas por las personas que lo ahuyentaban
violentamente.
Un perro sin nombre, al que pronto bautizaron con el mote del
“Perro Milagroso”.  La historia comienza
una mañana de  un domingo de ramos,
cuando el perro se aproxima a un hombre ciego echado en el piso y pidiendo
limosna. El perro lamio y lamio  los ojos
lagañosos y sin luz y el hombre recuperó la vista, entre gritos de aleluya y
cantando el milagroso hecho.

No pasaba una semana, cuando el perro de los milagros volvió
a dar de que hablar. Un borracho había sido atropellado, lanzado por los aires,
el pobre hombre cayó cuan largo era, echando sangre por nariz y boca. Ya no se
movía y la gente lo daba por muerto, pero el perro llegó, quién sabe de dónde y
lamiendo la sangre que no lo dejaba resollar, lo hizo dar un tremendo suspiro,
el hombre se sentó, miró extrañado para todos lados y se marchó como si nada
hubiera pasado, eso sí, dando algunos traspiés de la guarapeta  que agarró en tres días de beber mezcal.

El tercer milagro perruno causó conmoción, estremeciendo a
toda la región.  El cortejo fúnebre,
cargaba  a  doña  
Canuta a su última morada, caía llovizna y el sepelio se antojaba
triste, doña Canuta nunca se había casado, por lo tanto no tenía hijos  y sus pocos familiares, esperaban su muerte
ansiosamente para heredar sus bienes. 
Había muerto repentinamente de un ataque fulminante, los familiares ni
tardos ni perezosos la metieron en un ataúd 
blanco, que depositaron a la entrada del panteón, para dar las  gracias a los acompañantes. Fue cuando el
perro milagroso  empezó a ladrar y a
rascar  el ataúd, lo hacía con tanto
empeño que las personas  abrieron la tapa
y el perro saltó dentro de ella causando 
admiración entre los presentes; dio varios saltos sobre la muerta antes
que esta  resucitara y provocará  la desbandada de los presentes y el disgusto
de los familiares.

A partir del electrizante hecho, el perro milagroso fue
venerado y se le atribuyeron un sinfín de milagros; la gente le tomaba fotos y
la enmarcaba y colgaba en las paredes donde le rezaban a todas horas.

El perro Milagroso curó la tifoidea de un niño, masticando
yerbajos y vomitándolos sobre su boca, curó enfermedades y salvó el alma de
prostitutas, drogadictos, rufianes y sicarios que querían salvar su alma y
enmendar el camino. El pueblo envió una solicitud para que se santificara al
perro en vida, pero fue rechazada por el Vaticano. El final del Perro
milagroso, llegó, al ser apedreado brutalmente por infieles y pecadores, que aprovechando
que el animal se encontraba   en
pleno  celo, persiguió a una perra por
una vereda solitaria. Allí lo encontraron bajo el sol, inflado y lleno de
moscas. Se decretaron tres días de luto y al Perro Milagroso  se le lloró de manera inconsolable, se le
erigió una gran estatua, y en la entrada del pueblo, un hermoso arco con su
nombre.



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miércoles, 27 de julio de 2016

El perro que aprendió a hablar ¡¡¡INCREIBLE!!! ¡¡¡AUNQUE NO LO CREA!!!







Esta es una
historia que me contó mi compadre Diego, él dice que conoció al perro, yo digo
que mi compadre no andaba en sus cabales.
El Pinto era
un perro de mediana estatura, como comprenderán, su nombre provenía  de pintas negras en una pelambre blanca como
la nieve. Era un perro inquieto y obediente; sabía de buenos modales y los
ponía en práctica delante de las personas; intentando no sacar la lengua y
babear como lo hacen los demás perros. Para el pinto era muy incómodo, su
naturaleza perruna y sus instintos lo mandaban abrir  el hocico para refrescarse;  pero lo intentaba muy bien y procuraba
mantener el hocico cerrado.
Para el pinto
no había cosa más importante que comportarse como humano y aprendía todos los
días observándolos detenidamente; posiblemente era el perro más inteligente del
mundo, porqué pronto supo hacer, casi todas las cosas que pueden hacer las
personas.
Pero el colmo
de todo fue, cuando se resultó hablando en un español bien educado, siempre
respetando las reglas del buen hablar y bien decir.  Para todos fue una maravilla, pronto fue
famoso y los periódicos más prestigiosos se peleaban por una entrevista; los
noticieros televisivos con mayor audiencia, lo quisieron contratar para  que se hiciera cargo de una sección
noticiosa.
Pero al
Pinto no le interesaba la fama, al aprender a parlotear, se sintió tan libre y
maravillado, que no podía dejar de hacerlo. Hablaba hasta por los codos, se
entrometía en la plática de los demás y 
gustaba tanto  de los chismes, que
al contarlos sentía una enorme satisfacción.
Lo que en un
principio fue un gran  milagro, pronto se
tornó en enorme molestia para los conocidos del pinto. Se había convertido en
un chismoso irremediable que metía en problemas a sus conocidos.
Tanto lo
satisfacían estos chismes, que para el colmo, aprendió a inventarlos; el perro
maravilla le inventó historias a todo mundo y la mayoría de ellas no eran nada
agradables; precisamente,  esto era lo
que más lo satisfacía; la mentira inventada, debía llevar dolo y falsedad,
dañar el prestigio  y la honra y
sobretodo, herir  profundamente los
sentimientos de las personas.
Las
calumnias del Pinto, se hicieron tan terribles, que ya se contaban entre sus
hazañas varios divorcios y el honor mancillado de buenas y santas jovencitas.
El perro hablantín  era tan odiado que
muchos intentaron dañarlo y enviarlo a la perrera, pero el Pinto, demasiado
listo, esquivaba los ataques y renovaba su repertorio de falsedades.
El final de
su aventura canina, llegó el día en que presenció un lamentable hecho.
Refrescándose  bajo  un sombroso árbol, observó  a varias camionetas detenerse, de ellas
bajaron individuos armados hasta los dientes y, de un lujoso automóvil bajaron
a un hombre, que a empellones lo llevaron con rumbo desconocido, no sin antes
dar muerte a los conductores de otro automóvil, que al parecer protegían al
hombre que secuestraron.
El Pinto y
su lengua larga no se hizo esperar, ahora tenía un gran chisme de primera mano
y lenguaraz lo contaba a quien quisiera oírlo; lo contó tantas veces, que la
policía acudió a escuchar su versión. Después de la policía, hombres caraduras,
de mal aspecto lo visitaron, no fue una visita de cortesía ni para escuchar la
historia del hombre secuestrado. Estos hombres cargaron con el pinto y en nada
les emocionó  la maravilla de un perro
hablador. Cuentan los que vieron el hecho, que al Pinto lo golpearon feamente
en la cabeza, antes de meterlo en un costal y posteriormente en la cajuela de
un auto grande y negro.


Esta fue la
trágica historia del perro que aprendió a hablar, posiblemente se trataba del  perro más listo de la tierra, pero ni toda la
inteligencia lo libró de padecer las  mismos
debilidades que sufren los hombres.
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El Niño Vejiga buscando trabajo





Siga las aventuras del Niño Vejiga, un personaje  de la calle, no es un niño, el niño vejiga es su apodo; Sígalo a través de este canal, sus encuentros con personajes famosos como Enrique Peña Nieto, Nicolás Maduro, con gente de la farándula, políticos  y toda clase de alimañas.
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viernes, 22 de julio de 2016

La leyenda del niño perdido salvado por un perro





La historia de un pequeño niño perdido en un bosque y salvado por un perro.
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Las aventuras del Niño Vejiga







Vejiga  no fue más
allá del metro cuarenta y cinco de estatura,
su padre, alcohólico y drogadicto
no lo maltrataba, pero tampoco lo envío a la escuela ni  le llamó
la atención, cuando a los  diez
años empezó a fumar  tabaco y marihuana.
De cuerpo menudo, rostro oriental, labios apenas visibles en
una boca   abultada  como pintarrajeada de manera poco seria, en
una cabeza gris  también menuda; se
paseaba descalzo, exhibiéndose por las calles del  pueblo con
un enorme cigarro pegado a los labios. Andaba, arqueando los brazos  y la espalda,
pretendiendo verse intimidante, mas, solamente causaba risa a quienes lo
veían.


Vejiga era pequeño de la cabeza a los pies y su máxima
aspiración, era tener el reconocimiento de la gente que lo conocía.
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viernes, 17 de junio de 2016

La leyenda del maniquí diabólico



Se le veía feliz, cobraría su segunda quincena, después de meses de vagar buscando empleo. De poner cara de muerto de hambre  a cada fulano engreído con posibilidad de emplearlo. Generalmente al ver su mendiga figura,  arrugaban el entrecejo; lo veían muy jodido y eso los molestaba y, sin decir más, casi lo corrían. Él se enfurecía y creía  que jamás conseguiría lo que buscaba: -¡Cómo me quieren ver cambiadito, si no tengo ni para comer!- pensaba y pateaba el suelo cuando se retiraba como perro apaleado.

Pero ahora tenía trabajo y la bonita credencial que lo acreditaba como velador de aquella inmensa tienda departamental. Se paseaba ufano por los largos pasillos, macana en mano y girándola con maestría; se paraba frente  a los espejo y sonreía satisfecho y orgulloso de su uniformada  figura  vigilante. Pensó en los dos vigilantes anteriores, pensó que debieron ser muy tontos  por abandonar un empleo así;  irse sin más ni más,  a su pueblo o a cualquier otro lugar, desapareciendo como si se los hubiera tragado la tierra.

Todo sería como una historia perfecta, el vigilando la tienda y cobrando sueldo por ello; un trabajo descansado y solitario. Pero algo lo incomodaba. Ese lugar, al final del pasillo, donde ese maniquí posaba quieto y sin vida.  Siempre mirando fijamente, posando en actitud retadora; los brazos levantados y al frente, los labios entre abiertos,  como si fuera a  decir algo.
Lo miraba inquieto, sin poder quitarle la vista de encima, rodeándolo se acercaba, y al acercarse, lo invadía la necesidad de tocarlo, de percibir  la blandura de la piel, y no el duro e inerte plástico con el  que fue moldeado. Estiraba el brazo, la mano y los dedos, pero  justo antes de tocarlo, la retiraba asustado, eso ocurría siempre, llevaba ocurriendo 14 días, 14 días que el corazón le  brincaba en el  pecho al ver al maniquí estremecerse y latir en la piel la sangre de la vida.

Se iba  corriendo, aterrorizado, mirando atrás para cerciorarse que el maniquí  permanecía en el mismo lugar y no lo perseguía como un zombi para devorar su cerebro. A lo lejos,  tras pesados estantes se detenía y vigilaba al maniquí, lo vigilaba por horas con la certidumbre de que en cualquier momento empezaría a moverse.

En el día 21, al acercarse al pasillo fatal, se detuvo renuente, nadie sabría que evadió la ruta de trabajo, nadie lo sabría, sin embargo, una fuerza superior, un morbo extraño lo impelía a seguir el  camino del maniquí; del que todavía no alcanzaba a vislumbrar el género. ¿Hombre o mujer?, no lo sabía, después de todo los demonios no tienen sexo y los muñecos menos.
Lo vio desde lejos, al final  del pasillo, lo vio en su actitud de siempre, pero precisamente esa inmovilidad, era lo que le revelaba el peligro;  esa quietud tenebrosa que inspiraba confianza, que lo invitaba a tocarlo, acercarse como a una indefensa cosa sin vitalidad. Con los días  había terminado por adivinar  la trampa, la emboscada tendida por el demonio metido dentro de esa cosa, esa forma humana  que ahora se negaba a nombrar. Un malvado Pinocho que cambiara la madera por el plástico y  por cuyas entrañas fluía la maldad; un Pinocho que se alimentaba de los guardias de aquel lugar, chupando  la vida ajena  de los nervios, los  huesos y la médula. Para que tal cosa ocurriera, necesitaba alimentarse de su cerebro, del jugoso cerebro que encierra el alma y la vida, sorbiéndolo vivo  como un exquisito néctar.
A pocos pasos de la fuente de su terror, comenzó a rodearlo, a mirarlo con más atención que nunca; quieto y sin vida, eso le pareció el maniquí; quieto y sin vida, igual que el material y la armazón que lo erguía. Sonrió de su estupidez, de sus miedos sin sentidos; como siempre alargó el brazo para tocarlo; ahora lo animaba la sensación de la falacia vivida por semanas enteras; del sueño recurrente de verlo estremecerse, mientras la sangre palpitaba por las venas  plásticas del muñeco.


Por primera vez lo tocó, acarició el rígido brazo, el hombro, y ahora la descolorida mejilla, e igualmente, por primera vez pudo verlo  de frente sin miedo y sin estremecimientos. Miraba  curioso  el rostro inerte, sin vida alguna, sin sangre ni nervios, coloreado por pinceles y pintura; palpaba ese rostro impávido y sin emociones, cuando las yemas de sus dedos notaron cierta tibieza y  una blandura semejante a la piel carnosa. Paralizado por el terror lo vio abrir los ojos y la boca torcida de cruel sonrisa y llena de dientes puntiagudos; fue lo último que pudo mirar, antes de que el monstruo  saltara  y le  hincara  los dientes en el cráneo, destrozándolo ferozmente, hasta dejar a la vista el tierno y blanco cerebro palpitando y rezumando los jugos de la vida.
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sábado, 11 de junio de 2016

La leyenda de los traficantes de órganos.



La vida para ellos era una eterna competencia, dos buenos amigos rebosantes de salud. Atletas consumados, maratonistas, grandes competidores; sin embargo de mediocres resultados. En su pueblo fueron los mejores, pero en las competiciones de mayor prestigio su clasificación deportiva dejaba mucho que desear.

Se levantaban muy temprano a ejercitarse, realizaban su rutina diaria, mañana, tarde y noche; sin descuidar sus labores. Asociados económicamente, vivían de las ganancias de una tienda de conveniencia, lo que les permitía soñar con ser deportista de clasificación nacional  y asistir a justas nacionales e internacionales.

Muy presumidos de su aspecto, gustaban de ropa ajustada, paseándose por lugares públicos, en busca de coqueteos; no muy afortunados con el sexo opuesto,   soñaban con la gloria deportiva, que traería consigo fama, dinero y… sobre todo mujeres, bellas mujeres ansiosas de estar con ellos.

Ese día, como ninguno otro, cuando hacían el diario recorrido, dos hermosas  mujeres les coquetearon abiertamente; realmente les parecieron bellísimas, creyeron  estar frente a las más hermosas del mundo. Se embriagaron del aroma de ellas,  la cabeza giraba y el mundo les pareció mucho más amable.

Se verían por la noche, les bastó la  sonrisa seductora, los ojos brillantes de promesa, los pechos turgentes  para convertirlas en un instante en las personas más importantes de toda la vida. La vida y sus prioridades  cambiaron en un abrir y cerrar  de ojos; por primera vez no entrenaron por la tarde; sólo esperaban ansiosos la hora de la cita.
La hora llegó, orgullosos iban a un antro de moda, del brazo de verdaderas mujeres, hermosas mujeres como nunca habían visto en su vida,  creían estar soñando, jamás  esperaron de la vida este regalo, se sentían en las nubes y por primera vez bebieron algunos tragos.

El efecto del  alcohol los excitaba y los volvía atrevidos, dos copas más y se ponían de acuerdo para ir a un lugar más íntimo, el  departamento de una de las mujeres. Allí seguirían la parranda y  por primera vez conocerían la completa felicidad, la plenitud de la vida, el olor y sabor de una mujer  de gran  clase y altura que nunca creyeron conocer.

En el departamento, las mujeres  los acariciaban tiernamente, sirvieron copas generosas y bebieron con avidez. Pronto el sopor se volvió insoportable, los ojos se cerraron y quedaron inconscientes.

Cuando despertaron, estaban en una cama quirúrgica, a dos metros de distancia. Patricio despertó, tardó minutos en despejarse y aclarar la cabeza y la vista. Cerca de él, en una mesa muy semejante, estaba su eterno compañero de correrías, lo rodeaban tres personas laboriosas en uniformes médicos; aguzó la vista para entender lo que ocurría y,  perplejo  vio la mano firme de uno de ellos abrir a su compañero desmayado, drogado o anestesiado; lo vio abrir sus entrañas y sacar del fondo de ella lo que parecían los riñones, el hígado, los pulmones y por último el corazón.

Quiso gritar, más nada pudo salir  de su garganta, no podía apartar la mirada del cuerpo destripado y vacío, que yacía sin vida en la mesa quirúrgica.

Los médicos ahora lo miraban fijamente, creyó encontrar  en esas miradas, la voracidad  de un buitre, terrible y hambriento. Se   acercaron como demonios; el que parecía el jefe, levantó el bisturí, el mismo que había cortado a su amigo, bajó el brazo firme  y cortó profundo con la maestría con que cortan lo cirujanos.
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viernes, 10 de junio de 2016

La leyenda del enterrado vivo.


 Los recuerdos se le habían ido, sólo recordaba que se sentía fatal, a duras penas respiraba, cuando lo cimbró un dolor que bajó desde las quijadas trabándolas,  y entiesando   el cuello, hasta extenderse  en el pecho.  No supo más de sí, supone que se desmayó, perdió la conciencia o se durmió.
Ahora ha despertado, las molestias y los dolores han desaparecido, está quieto, no hay luz y eso le va bien porque le tranquiliza. Inmóvil, muy inmóvil respira hondo, inflama sus pulmones de un aire aséptico, ¡no, no!, es otro el término que quisiera usar, ese aire que  infló sus pulmones sabe a nailon, a tierra y a desinfectante; pero ahora se empieza a llenar de su humor, de su sudor, de su aroma, de ese olor con que impregnaba la camisa en los últimos años de su vida; un olor rancio, a pesar de bañarse y asearse  perfectamente y todos los días.
Es el olor de los viejos se decía, el olor de todos los males que lo aquejan y se han ido acumulando durante toda la vida, matándolo un poco cada hora que pasa. Olía sus camisas que apenas se ponía por un par de horas, pero bastaba para impregnarlas de su aroma, sobretodo la espalda y las axilas, donde   con el tiempo se percudían de un tono que era imposible de lavar.

Abrió los ojos y buscó luz, un poco de luz  que no pudo encontrar, pensó que era cosa de acostumbrar los ojos, de abrirlos bien para empezar a vislumbrar las cosas.  El tiempo pasó y la oscuridad total persistía; tenía calor, un calor húmedo que sabía a él mismo, sabía tanto a él, que podía saborearlo, degustarlo  como un caníbal que así mismo se devora.

Extendió los brazos, primero hacía arriba, después  a los lados, paseó sus manos por los contornos, los ángulos y las esquinas, acariciaba suavemente lo acolchado de la tela y suspiró, tan hondo que sintió ahogarse, primero jalando el aire horrible del lugar, luego exhalando hasta la última gota.

Siguió acariciando la estrechez que lo apresaba, no podía ir más allá, no estaba permitido, de alguna forma lo sabía y no se opondría a esa autoritaria ley que ahora lo aprisionaba; se sometería a ella y estaría en paz, quieto, como corresponde cuando uno se encuentra  enterrado a dos metros bajo tierra.


Al otro día no supo, nunca pudo darse cuenta que lo liberaban de la estrecha prisión; lo encontraron con la ropa desgarrada, la cara horriblemente macerada y los dedos sin uñas, convertidos en muñones sanguinolentos.
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jueves, 9 de junio de 2016

El hombre colgado del árbol



Lo encontraron en una ceiba, era un árbol inmenso y frondoso que cobijaba del sol a los caminantes; al amanecer, los madrugadores lo vieron, se balanceaba en la rama más baja con un rechinido que erizaba la piel. Se acercaron para reconocerlo,  miraron su rostro morado, desfigurado por el horror de la asfixia y una lengua enorme que asomaba de su boca como un animal de una cueva estrecha. Lo vieron igual que a una cosa rara que colgaba y llamaba la atención; todos eran hombres de campo y conocían los estragos de la muerte.

No era del rumbo, se apreciaba claramente por su vestimenta citadina. Ya estaba tieso  como un maniquí,  el aire lo movía y también lo movió un atrevido para mirarlo mejor. Se fueron juntando los curiosos, la noticia del ahorcado corría de un lugar a otro y la gente iba en busca de entretenimiento, iban con el marido, el hijo, la amiga, el novio; también iban solas propagando la noticia por el camino con ánimo de fiesta.

El ahorcado seguía balanceándose, los brazos abiertos y extendidos, las puntas de los pies   apuntando al suelo frenéticos, como si en el momento trágico buscara sustento en el aire. Las primeras mujeres llegaron,  por primera vez se santiguaron  escuchándose murmullos de rezos y de la nada apareció una veladora bajo la sombra del cruel péndulo.

Al medio día la gente seguía desfilando frente a la ceiba, algunos expresaban lástima o desprecio; otros más  presuntuosos, alegando conocimiento sobre la vida y la muerte, se devanaban los sesos elucubrando sesudas presunciones sobre los  motivos del colgado.

Un hombre cenizo y de morral, lanzaba piedras con su resortera a los zopilotes que acechaban  mirando torvos y afilando el pico en el plumaje; las hormigas rojas ya bajaban por la soga  y  hacían de las suyas, un pájaro carpintero planeo y se posó en la cabeza, nervioso picoteo los ojos y alarmado  se alejó ante la amenaza de las piedras que pasaron zumbando.
Llegada la tarde la gente se retiraba, hastiada del espectáculo del ahorcado, daban la media vuelta para regresar al lugar de donde vinieron. En el oeste el Sol bajaba lentamente, el hombre del resorte se retiró lanzando una última  piedra que rebotó secamente, como si la cabeza del ahorcado fuera de duro cartón.

Cuando se quedó solo, cuando el último curioso se había retirado, pareció sacudirse, los pies se agitaron como si intentara librarse  del rigor de la inmovilidad, los tiesos brazos también se sacudieron espasmódicos, cuando los  buitres  comenzaron a devorarlo.

                                                                                                             
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