viernes, 22 de julio de 2016

La leyenda del niño perdido salvado por un perro





La historia de un pequeño niño perdido en un bosque y salvado por un perro.
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Las aventuras del Niño Vejiga







Vejiga  no fue más
allá del metro cuarenta y cinco de estatura,
su padre, alcohólico y drogadicto
no lo maltrataba, pero tampoco lo envío a la escuela ni  le llamó
la atención, cuando a los  diez
años empezó a fumar  tabaco y marihuana.
De cuerpo menudo, rostro oriental, labios apenas visibles en
una boca   abultada  como pintarrajeada de manera poco seria, en
una cabeza gris  también menuda; se
paseaba descalzo, exhibiéndose por las calles del  pueblo con
un enorme cigarro pegado a los labios. Andaba, arqueando los brazos  y la espalda,
pretendiendo verse intimidante, mas, solamente causaba risa a quienes lo
veían.


Vejiga era pequeño de la cabeza a los pies y su máxima
aspiración, era tener el reconocimiento de la gente que lo conocía.
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viernes, 17 de junio de 2016

La leyenda del maniquí diabólico



Se le veía feliz, cobraría su segunda quincena, después de meses de vagar buscando empleo. De poner cara de muerto de hambre  a cada fulano engreído con posibilidad de emplearlo. Generalmente al ver su mendiga figura,  arrugaban el entrecejo; lo veían muy jodido y eso los molestaba y, sin decir más, casi lo corrían. Él se enfurecía y creía  que jamás conseguiría lo que buscaba: -¡Cómo me quieren ver cambiadito, si no tengo ni para comer!- pensaba y pateaba el suelo cuando se retiraba como perro apaleado.

Pero ahora tenía trabajo y la bonita credencial que lo acreditaba como velador de aquella inmensa tienda departamental. Se paseaba ufano por los largos pasillos, macana en mano y girándola con maestría; se paraba frente  a los espejo y sonreía satisfecho y orgulloso de su uniformada  figura  vigilante. Pensó en los dos vigilantes anteriores, pensó que debieron ser muy tontos  por abandonar un empleo así;  irse sin más ni más,  a su pueblo o a cualquier otro lugar, desapareciendo como si se los hubiera tragado la tierra.

Todo sería como una historia perfecta, el vigilando la tienda y cobrando sueldo por ello; un trabajo descansado y solitario. Pero algo lo incomodaba. Ese lugar, al final del pasillo, donde ese maniquí posaba quieto y sin vida.  Siempre mirando fijamente, posando en actitud retadora; los brazos levantados y al frente, los labios entre abiertos,  como si fuera a  decir algo.
Lo miraba inquieto, sin poder quitarle la vista de encima, rodeándolo se acercaba, y al acercarse, lo invadía la necesidad de tocarlo, de percibir  la blandura de la piel, y no el duro e inerte plástico con el  que fue moldeado. Estiraba el brazo, la mano y los dedos, pero  justo antes de tocarlo, la retiraba asustado, eso ocurría siempre, llevaba ocurriendo 14 días, 14 días que el corazón le  brincaba en el  pecho al ver al maniquí estremecerse y latir en la piel la sangre de la vida.

Se iba  corriendo, aterrorizado, mirando atrás para cerciorarse que el maniquí  permanecía en el mismo lugar y no lo perseguía como un zombi para devorar su cerebro. A lo lejos,  tras pesados estantes se detenía y vigilaba al maniquí, lo vigilaba por horas con la certidumbre de que en cualquier momento empezaría a moverse.

En el día 21, al acercarse al pasillo fatal, se detuvo renuente, nadie sabría que evadió la ruta de trabajo, nadie lo sabría, sin embargo, una fuerza superior, un morbo extraño lo impelía a seguir el  camino del maniquí; del que todavía no alcanzaba a vislumbrar el género. ¿Hombre o mujer?, no lo sabía, después de todo los demonios no tienen sexo y los muñecos menos.
Lo vio desde lejos, al final  del pasillo, lo vio en su actitud de siempre, pero precisamente esa inmovilidad, era lo que le revelaba el peligro;  esa quietud tenebrosa que inspiraba confianza, que lo invitaba a tocarlo, acercarse como a una indefensa cosa sin vitalidad. Con los días  había terminado por adivinar  la trampa, la emboscada tendida por el demonio metido dentro de esa cosa, esa forma humana  que ahora se negaba a nombrar. Un malvado Pinocho que cambiara la madera por el plástico y  por cuyas entrañas fluía la maldad; un Pinocho que se alimentaba de los guardias de aquel lugar, chupando  la vida ajena  de los nervios, los  huesos y la médula. Para que tal cosa ocurriera, necesitaba alimentarse de su cerebro, del jugoso cerebro que encierra el alma y la vida, sorbiéndolo vivo  como un exquisito néctar.
A pocos pasos de la fuente de su terror, comenzó a rodearlo, a mirarlo con más atención que nunca; quieto y sin vida, eso le pareció el maniquí; quieto y sin vida, igual que el material y la armazón que lo erguía. Sonrió de su estupidez, de sus miedos sin sentidos; como siempre alargó el brazo para tocarlo; ahora lo animaba la sensación de la falacia vivida por semanas enteras; del sueño recurrente de verlo estremecerse, mientras la sangre palpitaba por las venas  plásticas del muñeco.


Por primera vez lo tocó, acarició el rígido brazo, el hombro, y ahora la descolorida mejilla, e igualmente, por primera vez pudo verlo  de frente sin miedo y sin estremecimientos. Miraba  curioso  el rostro inerte, sin vida alguna, sin sangre ni nervios, coloreado por pinceles y pintura; palpaba ese rostro impávido y sin emociones, cuando las yemas de sus dedos notaron cierta tibieza y  una blandura semejante a la piel carnosa. Paralizado por el terror lo vio abrir los ojos y la boca torcida de cruel sonrisa y llena de dientes puntiagudos; fue lo último que pudo mirar, antes de que el monstruo  saltara  y le  hincara  los dientes en el cráneo, destrozándolo ferozmente, hasta dejar a la vista el tierno y blanco cerebro palpitando y rezumando los jugos de la vida.
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sábado, 11 de junio de 2016

La leyenda de los traficantes de órganos.



La vida para ellos era una eterna competencia, dos buenos amigos rebosantes de salud. Atletas consumados, maratonistas, grandes competidores; sin embargo de mediocres resultados. En su pueblo fueron los mejores, pero en las competiciones de mayor prestigio su clasificación deportiva dejaba mucho que desear.

Se levantaban muy temprano a ejercitarse, realizaban su rutina diaria, mañana, tarde y noche; sin descuidar sus labores. Asociados económicamente, vivían de las ganancias de una tienda de conveniencia, lo que les permitía soñar con ser deportista de clasificación nacional  y asistir a justas nacionales e internacionales.

Muy presumidos de su aspecto, gustaban de ropa ajustada, paseándose por lugares públicos, en busca de coqueteos; no muy afortunados con el sexo opuesto,   soñaban con la gloria deportiva, que traería consigo fama, dinero y… sobre todo mujeres, bellas mujeres ansiosas de estar con ellos.

Ese día, como ninguno otro, cuando hacían el diario recorrido, dos hermosas  mujeres les coquetearon abiertamente; realmente les parecieron bellísimas, creyeron  estar frente a las más hermosas del mundo. Se embriagaron del aroma de ellas,  la cabeza giraba y el mundo les pareció mucho más amable.

Se verían por la noche, les bastó la  sonrisa seductora, los ojos brillantes de promesa, los pechos turgentes  para convertirlas en un instante en las personas más importantes de toda la vida. La vida y sus prioridades  cambiaron en un abrir y cerrar  de ojos; por primera vez no entrenaron por la tarde; sólo esperaban ansiosos la hora de la cita.
La hora llegó, orgullosos iban a un antro de moda, del brazo de verdaderas mujeres, hermosas mujeres como nunca habían visto en su vida,  creían estar soñando, jamás  esperaron de la vida este regalo, se sentían en las nubes y por primera vez bebieron algunos tragos.

El efecto del  alcohol los excitaba y los volvía atrevidos, dos copas más y se ponían de acuerdo para ir a un lugar más íntimo, el  departamento de una de las mujeres. Allí seguirían la parranda y  por primera vez conocerían la completa felicidad, la plenitud de la vida, el olor y sabor de una mujer  de gran  clase y altura que nunca creyeron conocer.

En el departamento, las mujeres  los acariciaban tiernamente, sirvieron copas generosas y bebieron con avidez. Pronto el sopor se volvió insoportable, los ojos se cerraron y quedaron inconscientes.

Cuando despertaron, estaban en una cama quirúrgica, a dos metros de distancia. Patricio despertó, tardó minutos en despejarse y aclarar la cabeza y la vista. Cerca de él, en una mesa muy semejante, estaba su eterno compañero de correrías, lo rodeaban tres personas laboriosas en uniformes médicos; aguzó la vista para entender lo que ocurría y,  perplejo  vio la mano firme de uno de ellos abrir a su compañero desmayado, drogado o anestesiado; lo vio abrir sus entrañas y sacar del fondo de ella lo que parecían los riñones, el hígado, los pulmones y por último el corazón.

Quiso gritar, más nada pudo salir  de su garganta, no podía apartar la mirada del cuerpo destripado y vacío, que yacía sin vida en la mesa quirúrgica.

Los médicos ahora lo miraban fijamente, creyó encontrar  en esas miradas, la voracidad  de un buitre, terrible y hambriento. Se   acercaron como demonios; el que parecía el jefe, levantó el bisturí, el mismo que había cortado a su amigo, bajó el brazo firme  y cortó profundo con la maestría con que cortan lo cirujanos.
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viernes, 10 de junio de 2016

La leyenda del enterrado vivo.


 Los recuerdos se le habían ido, sólo recordaba que se sentía fatal, a duras penas respiraba, cuando lo cimbró un dolor que bajó desde las quijadas trabándolas,  y entiesando   el cuello, hasta extenderse  en el pecho.  No supo más de sí, supone que se desmayó, perdió la conciencia o se durmió.
Ahora ha despertado, las molestias y los dolores han desaparecido, está quieto, no hay luz y eso le va bien porque le tranquiliza. Inmóvil, muy inmóvil respira hondo, inflama sus pulmones de un aire aséptico, ¡no, no!, es otro el término que quisiera usar, ese aire que  infló sus pulmones sabe a nailon, a tierra y a desinfectante; pero ahora se empieza a llenar de su humor, de su sudor, de su aroma, de ese olor con que impregnaba la camisa en los últimos años de su vida; un olor rancio, a pesar de bañarse y asearse  perfectamente y todos los días.
Es el olor de los viejos se decía, el olor de todos los males que lo aquejan y se han ido acumulando durante toda la vida, matándolo un poco cada hora que pasa. Olía sus camisas que apenas se ponía por un par de horas, pero bastaba para impregnarlas de su aroma, sobretodo la espalda y las axilas, donde   con el tiempo se percudían de un tono que era imposible de lavar.

Abrió los ojos y buscó luz, un poco de luz  que no pudo encontrar, pensó que era cosa de acostumbrar los ojos, de abrirlos bien para empezar a vislumbrar las cosas.  El tiempo pasó y la oscuridad total persistía; tenía calor, un calor húmedo que sabía a él mismo, sabía tanto a él, que podía saborearlo, degustarlo  como un caníbal que así mismo se devora.

Extendió los brazos, primero hacía arriba, después  a los lados, paseó sus manos por los contornos, los ángulos y las esquinas, acariciaba suavemente lo acolchado de la tela y suspiró, tan hondo que sintió ahogarse, primero jalando el aire horrible del lugar, luego exhalando hasta la última gota.

Siguió acariciando la estrechez que lo apresaba, no podía ir más allá, no estaba permitido, de alguna forma lo sabía y no se opondría a esa autoritaria ley que ahora lo aprisionaba; se sometería a ella y estaría en paz, quieto, como corresponde cuando uno se encuentra  enterrado a dos metros bajo tierra.


Al otro día no supo, nunca pudo darse cuenta que lo liberaban de la estrecha prisión; lo encontraron con la ropa desgarrada, la cara horriblemente macerada y los dedos sin uñas, convertidos en muñones sanguinolentos.
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jueves, 9 de junio de 2016

El hombre colgado del árbol



Lo encontraron en una ceiba, era un árbol inmenso y frondoso que cobijaba del sol a los caminantes; al amanecer, los madrugadores lo vieron, se balanceaba en la rama más baja con un rechinido que erizaba la piel. Se acercaron para reconocerlo,  miraron su rostro morado, desfigurado por el horror de la asfixia y una lengua enorme que asomaba de su boca como un animal de una cueva estrecha. Lo vieron igual que a una cosa rara que colgaba y llamaba la atención; todos eran hombres de campo y conocían los estragos de la muerte.

No era del rumbo, se apreciaba claramente por su vestimenta citadina. Ya estaba tieso  como un maniquí,  el aire lo movía y también lo movió un atrevido para mirarlo mejor. Se fueron juntando los curiosos, la noticia del ahorcado corría de un lugar a otro y la gente iba en busca de entretenimiento, iban con el marido, el hijo, la amiga, el novio; también iban solas propagando la noticia por el camino con ánimo de fiesta.

El ahorcado seguía balanceándose, los brazos abiertos y extendidos, las puntas de los pies   apuntando al suelo frenéticos, como si en el momento trágico buscara sustento en el aire. Las primeras mujeres llegaron,  por primera vez se santiguaron  escuchándose murmullos de rezos y de la nada apareció una veladora bajo la sombra del cruel péndulo.

Al medio día la gente seguía desfilando frente a la ceiba, algunos expresaban lástima o desprecio; otros más  presuntuosos, alegando conocimiento sobre la vida y la muerte, se devanaban los sesos elucubrando sesudas presunciones sobre los  motivos del colgado.

Un hombre cenizo y de morral, lanzaba piedras con su resortera a los zopilotes que acechaban  mirando torvos y afilando el pico en el plumaje; las hormigas rojas ya bajaban por la soga  y  hacían de las suyas, un pájaro carpintero planeo y se posó en la cabeza, nervioso picoteo los ojos y alarmado  se alejó ante la amenaza de las piedras que pasaron zumbando.
Llegada la tarde la gente se retiraba, hastiada del espectáculo del ahorcado, daban la media vuelta para regresar al lugar de donde vinieron. En el oeste el Sol bajaba lentamente, el hombre del resorte se retiró lanzando una última  piedra que rebotó secamente, como si la cabeza del ahorcado fuera de duro cartón.

Cuando se quedó solo, cuando el último curioso se había retirado, pareció sacudirse, los pies se agitaron como si intentara librarse  del rigor de la inmovilidad, los tiesos brazos también se sacudieron espasmódicos, cuando los  buitres  comenzaron a devorarlo.

                                                                                                             
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martes, 7 de junio de 2016

La leyenda de la mujer lengua chismosa.



Vivía al final de la calle, en una casa bien cuidada y bastante limpia; siempre se le veía barriendo,  limpiando o fregando; eso sí,  era muy  famosa por meterse en asuntos ajenos; si querías saber un chisme, bastaba con visitar a la mujer del final de la calle.

Conocía todos  los secretos del pueblo y,  los que no los inventaba; de su lengua y dichos dependía la honra y la decencia de las mujeres honestas y deshonestas del lugar.
Las mujeres chismosas  la frecuentaban para alimentarla de chismes, procuraban pasar cuando barría el patio y saludándose hipócritamente  empezaban a verter  tantas calumnias que nadie se salvaba, en especial las castas y decentes a quienes llamaban  “moscas muertas”, ofrecidas y demás calificativos que los chismosos suelen poner a las personas sin motivo alguno.
Se sabía de matrimonios separados por causa de Martha, que tal  era el nombre de la mujer; incluso se sospechaba que por causa suya, Epigmenio hirió gravemente a su mujer. Lo cierto es que la mujer disfrutaba enormemente decir cosas de los demás, era una sensación que la colmaba de satisfacción, sobretodo, si la calumniada era joven y modosita.
Resulta que una bella joven, al cumplir los dieciséis, se puso tan hermosa y radiante, que la chismosa del pueblo no lo soportó; le agarró tal encono que empezó a  señalarla y calumniarla: ¡creída, ni que estuviera tan bonita para darse tanta ínfula, se me hace que ya no es señorita, esas son las peorcitas! Y todo cuanto su lengua,  e infamia le permitierá, que ya de por sí era mucha.
Decidida a destruirla y, con la experiencia ganada en toda una vida de hablar mal de amigos y vecinos, le inventó una desgraciada historia.
En el mercado, la iglesia, en la escuela, en las calles, empezó a destruir el buen nombre de la bonita muchacha; quien dueña de una belleza indiscutible, tenía un espíritu frágil. Ella se dio  cuenta que la gente murmuraba a sus espaldas en la calle, que sus amigas dejaban de hablarle y ya no la invitaban a sus casas; que en la escuela la señalaban y en la iglesia se apartaban de ella. Su madre lloraba y sus familiares la veían con tristeza.

Pronto supo que la despreciaban porque vendía su cuerpo a los viejos del pueblo, algunos de ellos horribles y sin dignidad de hombre, aseguraron haberla tenido entre sus brazos; aun cuando la jovencita era virgen y nunca, nunca siquiera, había recibido un beso en la boca.

Muy temprano  la encontraron colgada, se suicidó al no soportar la maldad de la gente.
Martha la mujer chismosa del pueblo cayó enferma, como si Dios la castigara por su maldad; la lengua le creció y engordó en la boca, de tal manera que no la dejaba hablar. A los siete días, la lengua era tan horrorosa y grande  que colgaba monstruosa hasta la barbilla y siguió creciendo, espantando a quienes la veían; al verla las mujeres se santiguaban y decían: La castigo Dios por chismosa.

En cosa de un mes, la lengua de Martha se arrastraba por el pecho, las moscas la castigaban y en sus ojos se veía la gran  desesperación y el sufrimiento que padecía.
Martha vivió varios años, sufriendo su enorme lengua y sin volver jamás a decir palabra alguna.

¿Ustedes creen, que Martha la chismosa merecía lo que le pasó? ¿Usted que opina?
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sábado, 16 de abril de 2016

El día que vi vivo a Pedro Infante. Pedro Infante vive.



Realmente es un hombre que parece  tener demasiada edad, un gran anciano, un enorme anciano que ronda ya  los cien años. Pero sus muchos años  los lleva bien puestos, camina ágilmente  y sonríe con una sonrisa que muestra  unos dientes perfectos y bien cuidados.

Llegó al pueblo hace muchos años, cuando apenas eran unas cuantas casitas y no había televisión, cine o cosa que se le pareciera.  Llegó joven y guapote,  las mujeres  luego se alborotaron por él  hombre y se le descaraban las sinvergüenzas; eso me lo platicó  mi abuela que lo conocía bastante bien.
Ella me dijo que era Pedro Infante, un famoso artista  del siglo pasado, del que yo, francamente no sabía nada. Y como me dio curiosidad me puse a investigar en Google sobre el tal Pedro Infante; y me quedé con la boca abierta al saber su historia y, como todos lo creen muerto, hace ya, muchos pero muchos años.
Esta confesión me la hizo mi abuela hace doce años, le juré nunca decir nada a nadie mientras ella viviera;  pero ahora que ha muerto, puedo decir que Pedro Infante  todavía vive  y 50 años después, no es ni la sombra de lo que era.

Creo que a estas alturas, a nadie le importa, sí el viejo  centenario que camina erguido es realmente  Pedro Infante , nadie lo creería;  pienso que ni el mismo Pedro Infante, se acuerda que fue aquel famoso actor que dicen  falleció al estrellarse su avioneta que tripulaba.

Hace unos días  como un ladrón me introduje a su casa y hurgué por todos lados y encontré pruebas: documentos y fotos de Pedro Infante, pero lo más interesante, fueron los trajes que miré  en un baúl,  todos ellos, semejantes a los que usó en sus famosas películas; tras pensar un poco concluí que no significaban nada, cualquiera podría tener fotos  y documentos personales del artista, ya que fue muy famoso y todavía tiene muchos admiradores. No me atreví  a robar los documentos, mejor dicho a sustraerlos, ya que robar es una palabra muy fea.
Yo no tengo ninguna duda de que el anciano  es Pedro Infante; lo que no tengo son pruebas  que lo demuestren.  Por eso me decidí a preguntarle directamente. Lo abordé  cuando alimentaba a las palomas en una de las bancas del parque. Cuando le pregunté si era Pedro Infante  se me quedó viendo,  sonrió y me dijo: sí hijo, soy Pedro Infante, pero…  eso que importa ahora, si lo dices o lo digo, nadie  lo creerá. Me sorprendió la  energía y la claridad de la voz, una voz potente, que todavía guardaba muchos de los matices del gran artista que fue.

Ahora somos grandes amigos, no sé cuánto pueda durar más,  un hombre de cien años, por muy fuerte que sea.  Observo su rostro detenidamente, y en la imaginación le quito arrugas, le pongo pelo y allí está, el gran ídolo, el hombre querido por todos,  medio siglo  después de su supuesta muerte.
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martes, 12 de abril de 2016

Lo que me ocurrió cuando atrapé una hada.


Lo que voy a contar, parecerá cosa de cuentos, pero quiero decirles que es totalmente real.  Vivía en las afueras de la ciudad, en un lugar donde abundaban las plantas, era un bosquecillo hermoso en el  que gustaba pasarme la mayor parte del tiempo.
En el cazaba todo tipo de insectos,  a los trece años me convertí en un experto  preparando trampas de todo tipo y logrando capturar  avecillas y otras de buen tamaño que generalmente dejaba en libertad.
Por la noche me fascinaban  los insectos luminosos, esos que en el campo nosotros  conocemos como cucuyos y cuyo nombre es el de luciérnaga.  Los animalillos destellaban en la oscuridad  y me daba a la tarea de atraparlos  por docenas  y meterlos en una botella, teniendo por un buen tiempo mi propia linterna, a la que sacudía para hacerla brillar con mayor intensidad.
En una de mis tantas correrías, cazando a los pobres e indefensos animalitos, me sorprendió ver a uno de tamaño descomunal que brillaba intensamente  en la oscuridad; me quedé perplejo, nunca había visto algo de ese tamaño y que alumbrara tanto;  me le acercaba y huía, era tan veloz que no tenía ninguna posibilidad de atraparlo con mi red mariposera. Ganaba altura fácilmente  y se desplazaba con la rapidez de un abejorro.
Pronto me di cuenta que gustaba de la miel  de los tulipanes y que se tomaba su tiempo de flor en flor. De allí tuve  la idea  y por la mañana  recolecté cientos de tulipanes y con paciencia  extraje de cada flor toda la miel que pude. Esta miel  brillaba en una tapa de refresco que utilicé como recipiente, era muy poca, pero me parecía lo justo para atraer a mi presa.
Esta miel la deposité en una caja de zapato, a la que fabriqué con tijeras y navaja, una puerta que  se abría y cerraba, la abría con un cordel, y al soltar este  cerraba rápidamente  al trabajo de   dos resortes. La pinté de verde oscuro   por  fuera y por dentro la coloree con lindas flores, en especial con un gran tulipán que a mi parecer era  tan fresca como si fuera real.
Coloqué la caja en el mismo lugar, donde había visto al gran insecto brillando como si fuera un foco, aseguré la caja  en el ramaje, para que pareciera que era parte de la misma planta. En un instante de inspiración, dejé dentro de la caja, mero en el fondo,  un pequeño frasco que contenía algunas luciérnagas y me dispuse a esperar la noche y la llegada de la pequeña bestia luminosa.
Apostado detrás de un árbol, mantenía cogido el cordel, si el insecto llegaba  y entraba en la caja, sólo tendría que tirar con fuerza y la pequeña puerta ce cerraría, y yo,  habría cazado al  cucuyo gigante.
Ya me desesperaba cuando lo vi venir,  brillando y titilando en la oscuridad como un gran lucero, iba de flor en flor y el brillo de las luciérnagas capturadas lo atrajo irremisiblemente y fue directo a la trampa.  Primero giró suavemente dos o tres veces, pasando de largo una y otra vez, luego se mantuvo inmóvil frente a la mortal trampa y de un salto entró en ella.
Tiré del cordel y  un ligero golpe me anunció que la puerta  se había cerrado.  Emocionado, tomé la caja  y corrí rumbo a mi casa; la  guardé   debajo de la cama, e impaciente esperé a que amaneciera, ya que temía, con fundado temor, que escapara.
Por la mañana me encontraba solo, estaba de vacaciones y mis tíos no se encontraban en casa. Meticuloso me apropié de un cúter y una lupa, con el cúter pensaba abrir cuidadosamente por la parte superior,  una ventana, por donde podría observar   al bicho con la lupa, en el mismo lugar colocaría una tapa de plástico trasparente, para facilitar mi tarea de observación.
Así lo hice, fui cortando por los lados, hasta  levantar con cuidado  el cartón; el enorme insecto estaba quieto, había pensado que zumbaría  e intentaría escapar, pero se mantuvo inmóvil, hecho un ovillo; llegué a temer que hubiera muerto. Armado con la lupa y un pequeño palo lo molesté suavemente, volví a picarlo otra vez  y nada.  Acerqué la lupa y mi ojo para tratar de verlo mejor, el insecto  cobró vida y pude verlo  claramente. 
Un insecto de forma humana con cuatro alas  transparentes como las libélulas;  su pequeño rostro,  horrible de demonio me pareció verlo sonreír, fue cuando sopló  en mi cara un polvo brillante  que me dejó  ciego. No pude ver más; mis tíos me llevaron al hospital, donde lograron salvar uno de mis ojos, precisamente el que cubría con la lupa.
Ahora estoy tuerto y tengo veintiséis  años, estudie un posgrado en entomología; investigo  a los insectos, por más que he buscado, no he logrado  dar con una  criatura semejante, pero no pierdo las esperanzas y seguramente, algún día  lo atraparé y probaré al mundo que las hadas existen, pero no son  las criaturas adorables de los cuentos, si no verdaderos demonios.


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