sábado, 16 de abril de 2016

El día que vi vivo a Pedro Infante. Pedro Infante vive.



Realmente es un hombre que parece  tener demasiada edad, un gran anciano, un enorme anciano que ronda ya  los cien años. Pero sus muchos años  los lleva bien puestos, camina ágilmente  y sonríe con una sonrisa que muestra  unos dientes perfectos y bien cuidados.

Llegó al pueblo hace muchos años, cuando apenas eran unas cuantas casitas y no había televisión, cine o cosa que se le pareciera.  Llegó joven y guapote,  las mujeres  luego se alborotaron por él  hombre y se le descaraban las sinvergüenzas; eso me lo platicó  mi abuela que lo conocía bastante bien.
Ella me dijo que era Pedro Infante, un famoso artista  del siglo pasado, del que yo, francamente no sabía nada. Y como me dio curiosidad me puse a investigar en Google sobre el tal Pedro Infante; y me quedé con la boca abierta al saber su historia y, como todos lo creen muerto, hace ya, muchos pero muchos años.
Esta confesión me la hizo mi abuela hace doce años, le juré nunca decir nada a nadie mientras ella viviera;  pero ahora que ha muerto, puedo decir que Pedro Infante  todavía vive  y 50 años después, no es ni la sombra de lo que era.

Creo que a estas alturas, a nadie le importa, sí el viejo  centenario que camina erguido es realmente  Pedro Infante , nadie lo creería;  pienso que ni el mismo Pedro Infante, se acuerda que fue aquel famoso actor que dicen  falleció al estrellarse su avioneta que tripulaba.

Hace unos días  como un ladrón me introduje a su casa y hurgué por todos lados y encontré pruebas: documentos y fotos de Pedro Infante, pero lo más interesante, fueron los trajes que miré  en un baúl,  todos ellos, semejantes a los que usó en sus famosas películas; tras pensar un poco concluí que no significaban nada, cualquiera podría tener fotos  y documentos personales del artista, ya que fue muy famoso y todavía tiene muchos admiradores. No me atreví  a robar los documentos, mejor dicho a sustraerlos, ya que robar es una palabra muy fea.
Yo no tengo ninguna duda de que el anciano  es Pedro Infante; lo que no tengo son pruebas  que lo demuestren.  Por eso me decidí a preguntarle directamente. Lo abordé  cuando alimentaba a las palomas en una de las bancas del parque. Cuando le pregunté si era Pedro Infante  se me quedó viendo,  sonrió y me dijo: sí hijo, soy Pedro Infante, pero…  eso que importa ahora, si lo dices o lo digo, nadie  lo creerá. Me sorprendió la  energía y la claridad de la voz, una voz potente, que todavía guardaba muchos de los matices del gran artista que fue.

Ahora somos grandes amigos, no sé cuánto pueda durar más,  un hombre de cien años, por muy fuerte que sea.  Observo su rostro detenidamente, y en la imaginación le quito arrugas, le pongo pelo y allí está, el gran ídolo, el hombre querido por todos,  medio siglo  después de su supuesta muerte.
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martes, 12 de abril de 2016

Lo que me ocurrió cuando atrapé una hada.


Lo que voy a contar, parecerá cosa de cuentos, pero quiero decirles que es totalmente real.  Vivía en las afueras de la ciudad, en un lugar donde abundaban las plantas, era un bosquecillo hermoso en el  que gustaba pasarme la mayor parte del tiempo.
En el cazaba todo tipo de insectos,  a los trece años me convertí en un experto  preparando trampas de todo tipo y logrando capturar  avecillas y otras de buen tamaño que generalmente dejaba en libertad.
Por la noche me fascinaban  los insectos luminosos, esos que en el campo nosotros  conocemos como cucuyos y cuyo nombre es el de luciérnaga.  Los animalillos destellaban en la oscuridad  y me daba a la tarea de atraparlos  por docenas  y meterlos en una botella, teniendo por un buen tiempo mi propia linterna, a la que sacudía para hacerla brillar con mayor intensidad.
En una de mis tantas correrías, cazando a los pobres e indefensos animalitos, me sorprendió ver a uno de tamaño descomunal que brillaba intensamente  en la oscuridad; me quedé perplejo, nunca había visto algo de ese tamaño y que alumbrara tanto;  me le acercaba y huía, era tan veloz que no tenía ninguna posibilidad de atraparlo con mi red mariposera. Ganaba altura fácilmente  y se desplazaba con la rapidez de un abejorro.
Pronto me di cuenta que gustaba de la miel  de los tulipanes y que se tomaba su tiempo de flor en flor. De allí tuve  la idea  y por la mañana  recolecté cientos de tulipanes y con paciencia  extraje de cada flor toda la miel que pude. Esta miel  brillaba en una tapa de refresco que utilicé como recipiente, era muy poca, pero me parecía lo justo para atraer a mi presa.
Esta miel la deposité en una caja de zapato, a la que fabriqué con tijeras y navaja, una puerta que  se abría y cerraba, la abría con un cordel, y al soltar este  cerraba rápidamente  al trabajo de   dos resortes. La pinté de verde oscuro   por  fuera y por dentro la coloree con lindas flores, en especial con un gran tulipán que a mi parecer era  tan fresca como si fuera real.
Coloqué la caja en el mismo lugar, donde había visto al gran insecto brillando como si fuera un foco, aseguré la caja  en el ramaje, para que pareciera que era parte de la misma planta. En un instante de inspiración, dejé dentro de la caja, mero en el fondo,  un pequeño frasco que contenía algunas luciérnagas y me dispuse a esperar la noche y la llegada de la pequeña bestia luminosa.
Apostado detrás de un árbol, mantenía cogido el cordel, si el insecto llegaba  y entraba en la caja, sólo tendría que tirar con fuerza y la pequeña puerta ce cerraría, y yo,  habría cazado al  cucuyo gigante.
Ya me desesperaba cuando lo vi venir,  brillando y titilando en la oscuridad como un gran lucero, iba de flor en flor y el brillo de las luciérnagas capturadas lo atrajo irremisiblemente y fue directo a la trampa.  Primero giró suavemente dos o tres veces, pasando de largo una y otra vez, luego se mantuvo inmóvil frente a la mortal trampa y de un salto entró en ella.
Tiré del cordel y  un ligero golpe me anunció que la puerta  se había cerrado.  Emocionado, tomé la caja  y corrí rumbo a mi casa; la  guardé   debajo de la cama, e impaciente esperé a que amaneciera, ya que temía, con fundado temor, que escapara.
Por la mañana me encontraba solo, estaba de vacaciones y mis tíos no se encontraban en casa. Meticuloso me apropié de un cúter y una lupa, con el cúter pensaba abrir cuidadosamente por la parte superior,  una ventana, por donde podría observar   al bicho con la lupa, en el mismo lugar colocaría una tapa de plástico trasparente, para facilitar mi tarea de observación.
Así lo hice, fui cortando por los lados, hasta  levantar con cuidado  el cartón; el enorme insecto estaba quieto, había pensado que zumbaría  e intentaría escapar, pero se mantuvo inmóvil, hecho un ovillo; llegué a temer que hubiera muerto. Armado con la lupa y un pequeño palo lo molesté suavemente, volví a picarlo otra vez  y nada.  Acerqué la lupa y mi ojo para tratar de verlo mejor, el insecto  cobró vida y pude verlo  claramente. 
Un insecto de forma humana con cuatro alas  transparentes como las libélulas;  su pequeño rostro,  horrible de demonio me pareció verlo sonreír, fue cuando sopló  en mi cara un polvo brillante  que me dejó  ciego. No pude ver más; mis tíos me llevaron al hospital, donde lograron salvar uno de mis ojos, precisamente el que cubría con la lupa.
Ahora estoy tuerto y tengo veintiséis  años, estudie un posgrado en entomología; investigo  a los insectos, por más que he buscado, no he logrado  dar con una  criatura semejante, pero no pierdo las esperanzas y seguramente, algún día  lo atraparé y probaré al mundo que las hadas existen, pero no son  las criaturas adorables de los cuentos, si no verdaderos demonios.


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jueves, 7 de abril de 2016

Mi ángel de la guardia



La primera vez que lo vi, fue frente a un espejo; me sobresaltó  la gran sombra difusa que tras de mí se reflejaba; volví la  cabeza sobresaltada y, no encontré nada. El corazón latió fuerte, pero pronto olvidé el incidente, pensé aliviada que fue un reflejo o una sombra  inoportuna.

La segunda vez fue en una calle oscura, regresaba del trabajo, se me había hecho tarde  y caminaba con precaución en la solitaria y oscura avenida. De pronto sentí inmenso peso sobre mi espalda, una mirada que me taladraba y me robaba la tranquilidad.  Busqué hurgando en la oscuridad  y, alcancé a ver la  sombra grande y pesada que se ocultaba en una esquina. Temblé de pavor y eché a correr  para escapar del peligro.
En los siguientes días tuve avistamientos semejantes, la aparición siempre  iba acompañada de la agonía de sentirme agobiada, como si una gran fuerza o energía  pesara sobre mi cuerpo. Pude ver a la gran sombra  en lugares solitarios, atisbando, espiándome, como un invisible espíritu  que se dispone a la celada. Tales visiones casi me enloquecían, acudía a la iglesia y pude  hablar con el párroco, quien me aconsejó rezar de mañana y noche para alejar a los malos espíritus que me acechaban.
Lo pude ver   en dos ocasiones más,  en una de ellas  me acompañaba un pretendiente, las circunstancias de mis visiones me volvieron paranoica y procuraba no quedarme sola en lugares  solitarios y oscuros; íbamos platicando amenamente,  despreocupada me  olvidé por completo  del extraño acoso de la sombra que me vigilaba  en los lugares menos pensados. Fue en ese momento cuando sentí nuevamente la sensación de abatimiento, como si una fuerza descomunal me venciera sin tocarme; busqué la fuente y la miré nuevamente, inmensa y oscura,  se encontraba en el techo de un edificio.

La última vez que me encontré con tan poderosa aparición,  aparición  que sin tocarme me devastaba dejándome cansada y temerosa. Quiero aclarar que nunca he sido muy devota, no creo en aparecidos, fantasmas o demonios y, que a la iglesia  voy ocasionalmente a misas de domingo, quince años o de difuntos.  El acoso del espíritu o sombra me tenía aterrada, ¿acaso estaba enloqueciendo? Y mi mente me estaba jugando tan malas pasadas.

Por un compromiso ineludible, una mala noche llegaba tarde,  conducía mi auto tranquila, a pesar de la noche oscura, relámpagos y  una ligera lluvia; de algún modo el confort del  automóvil me hacía sentirme segura. Estaba  llegando a la ciudad, cuando divisé luces en la carretera, me acerque  cautelosa para darme cuenta que estaba bloqueada por varios vehículos, uno de ellos con torreta policial, cosa que me tranquilizó, al pensar que era la policía.

Y efectivamente, un gendarme se me acercó y de mala manera me dijo que me bajara del coche, como vio que dudé, me abrió  la portezuela de manera violenta y me obligó a salir a empellones. Ya estaba aterrorizada, algo malo ocurría con el comportamiento del guardia y al darme cuenta que de los demás vehículos bajaron varios hombres de mala catadura  empecé a llorar,  recordé las historias de mujeres desaparecidas, violadas y asesinadas.

Histérica empecé a gritar ante la certeza de lo que me esperaba, ellos reían y hacían obscenos comentarios  sobre lo que ocurriría a continuación.
Temblando como azogada, sentí la presencia de la sombra que por semanas me había vigilado, a diferencia de las veces anteriores, ahora me reconfortó y me alivió.
La gran figura estaba enfrente, una enorme y oscura sombra que sobresaltó a todos, para mí, ahora era una sombra amiga y me sentí protegida. Los hombres maldijeron y sacaron sus enormes armas; la figura extendió los brazos y brilló ardiendo e  irradiando luz. Era un enorme ángel, hermoso y altivo; sus alas extendidas y su barbilla pegada al pecho, lo hacían ver inmenso y poderoso.

Caí de rodillas, me sabía a salvo y lloraba de felicidad; pero los malos hombres no se amilanaron e hicieron detonar sus armas; el ángel levantó el brazo izquierdo  y se escuchó un terrible estruendo y un fogonazo que me cegó. Cuando abrí los ojos, los delincuentes estaban  calcinados, algunos en los puros huesos.

Subí a mi auto y me marché diciendo atónita: Es el plan de Dios, Es el plan de Dios. Al otro día, las noticias relataban el terrible fin de varios hombres alcanzados por un rayo.
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viernes, 4 de marzo de 2016

La leyenda del puente de la muerte


 Por el puente pasaron millones de vehículos,  día tras día, y en las noches sin descansos los motores rugían y el  gran peso de los transportes pesados hacía trepidar la estructura del  gran puente de concreto que cruzaba el río.
Fue construido a principio de la década de los cincuenta,  ingenieros, técnicos y cientos de trabajadores  laboraron afanosos durante tres años.

El resultado fue un hermoso puente, muy resistente a las crecidas del río y al paso de los grandes vehículos; era el único paso a la costa y la única carretera que comunicaba  una parte del  estado con la otra.

Había historias y habladurías sobre la construcción del puente, trabajadores desaparecidos, sobretodo los que abusaban del  alcohol  y vivían sin familia en el pueblo.   La leyenda  en torno al puente tuvo resonancia los primeros años, luego quedó en el olvido.

El ingeniero encargado de la construcción, era un argentino  de aspecto misterioso, dado al ocultismo  y la magia negra, aprendida en  sus frecuentes viajes a Haití y Cuba. Dicen las malas lenguas, enteradas del caso, que el ingeniero Alejo Ledezma, que  así se llamaba el hombre, ordenó el sacrificio de diez trabajadores, a  los que primero se les embriagó, para después  pasar a formar parte de la estructura del concreto del puente.

Hombres de toda su confianza, depositaron  en cada muro del puente, a  un pobre  fulano, el caso es que necesitaba estar vivo, para que  surtiera efecto  la ceremonia. Al terminar la construcción del puente, se habían sacrificado diez individuos que desaparecieron misteriosamente, cosa que no le importó a nadie,  ya que no eran de la localidad.

Durante las grandes crecidas, cuando el río empujaba con furia  los muros del puente, la gente decía que de entre el murmullo del  viento se escuchaban furiosas voces  que exhortaban a resistir los embates de la corriente.
“¡Agárrense  con fuerza compadres que nos lleva la chingada!”, así decía  la conseja popular sobre las voces del puente.
Con el paso de los años  el mito del puente quedó totalmente  en el olvido, hasta 60 años después, cuando azotó la peor tormenta que se tenga historia en el país.  Los indestructibles muros del puente cedieron y se derrumbaron  ante el furioso empuje del rio.

Se interrumpió el  paso vehicular, hubo desabasto y el presidente de la república, acompañado por  el gobernador y otros funcionarios  se presentó a prometer  la pronta construcción de otro puente, mucho más resistente y moderno.

Y por increíble que parezca, el presidente  cumplió, llegaron cientos de trabajadores y maquinaria pesada. ¡Y cuál fue la sorpresa de los encargados de la obra!, al encontrar  los cadáveres   de 20 hombres dentro del viejo concreto.  En cada muro se encontraron los despojos como momias apergaminadas. Nunca se sabría la identidad de los hombres sacrificados y, tampoco nunca se castigaría a los culpables.
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